Todas las gentes parecen estar hoy aquí
todos los gestos recibidos son cordiales
y siempre lo serán.
No es complicidad, es que el ritmo fluye.
El lugar e familiarmente extraño,
como de un pasado común; eso produce
un sentimiento de cercanía con los demás.
Yo no hablo con nadie, pero percibo la comodidad.
Parece como si, aquí dentro, uno no tuviera problemas
En que pensar; y si se instalan en mi pensamiento,
Se me antojan más ligeros,
Como para no preocuparse demasiado.
Hay una especie de felicidad contenida
que sale de las paredes y cae sobre nuestras cabezas
y nuestros cuerpos como una dulce bruma.
Como si poco antes de cada instante
hubiera ocurrido un acontecimiento,
una buena noticia que no se celebra
porque hay trabajo; pero la llevan puesta
como un traje recién estrenado.
Un trovador furtivo atraviesa el lugar,
descargando su melodía como un fino hilo de agua,
un torrente que quizá será río.
Y los guardianes del lugar siguen velando
por ese tesoro de alegría,
que reparten a todos aquellos que llegan
para que, cuando se marchen, lleven al menos
un pequeño regalo para regalar.
Cantan las palabras que significan deseos
para ser servidos –o más bien, recibidos– .
Las voces se elevan por encima de las voces,
sin amedrentar , como solistas de una sinfonía
que se estira hasta el principio de la eternidad.
Así transcurren las horas
mientras la música llueve por los balcones,
acompañando al sabor de la noche.
Uno no quisiera amanecer.